Historia De Una Ida y Una Vuelta (Versión de Bateros Argentinos)

Hacia el mes de noviembre del año pasado, recibí una invitación para ir y volver a Uruguay en un término de 24 horas por parte de Matías Macrett, para participar en las evaluaciones finales de una escuela de música fundada por un par de amigos. Debo aclarar: este no suele ser mi estilo a la hora de viajar. Doy más vueltas y soy bastante maniático en cuanto a lo que no debo olvidarme. Pero, cuando rechazás una invitación por comodidad o miedo y con el correr de los años tenés certeza de que no deberías haberla rechazado, queda una impronta indeleble. Si mirás cada tanto esa marca, aprendés a superar el miedo de abandonar la zona confortable. Así es como armé un bolso rápido, busqué los documentos necesarios, me encontré con Matías en el puerto de Buenos Aires y terminé en Uruguay.

 

Al otro lado del río

Íbamos camino a Rosario, un pueblo a pocos kilómetros de Colonia. Después del barco y un par de bondis, nos encontramos con Francisco Collette Dañobeytia y Germán Suarez, creadores de “Rockearte” Escuela de Música. Inmediatamente nos sumergimos en las evaluaciones, repasando en nuestras memorias todos esos primeros pasos que también nosotros alguna vez dimos, mientras mirábamos tocar a los alumnos. Como era de esperarse, al poco tiempo estábamos sentados en las baterías haciendo lo que sabemos: mostrarle al público (en ese momento los padres de los evaluados) qué tan feliz puede hacerte un instrumento musical. Todo finalizó en aplausos, abrazos, risas y charlas en las que se dan otros primeros pasos, esta vez hacia la amistad. Cerramos con un paseo a pata por el pueblo; como todo lugar alejado de la gran Metrópolis, éste también conserva sus cuentos. Típico de amante de los viajes: de esas caminatas desinteresadas es que suelo llevarme las mejores postales mentales.

 

Galería: Historia de Una Ida y Una Vuelta

 

Para nuestra sorpresa, en esas pocas horas también había planes premeditados para seguir agasajándonos: en el desayuno, Germán nos cuenta que estaba tratando de gestionar la visita a un personaje local, coleccionista de baterías.

 

Con la tarea realizada y todos los compromisos saldados con mucho placer y nada de esfuerzo, descansamos en lo de Germán. Al otro día sólo le quedaban unas horas hasta que saliera nuestro buque de regreso pero, para nuestra sorpresa, en esas pocas horas también había planes premeditados para seguir agasajándonos. En el desayuno, Germán nos cuenta que estaba tratando de gestionar la visita a un personaje local, coleccionista de baterías, y que finalmente la cita es posible. Los padres de nuestro anfitrión ya eran los encargados de las comidas para el batallón, y ahora también pondrían las ruedas. Cuando hay poco tiempo y mucho para hacer, las ruedas motorizadas son una bendición. Casi meados encima de emoción nos subimos al auto y nos dirigimos a la casa de Fernando Long, admirado coleccionista local.

Valoro mucho a quien sabe reír y a quien se muestra amable, así tenga que invitarte a retirar. Y sin dudas valoro mucho a quien sabe amar a los gatos; seres que no sostienen un amor incondicional. Al contrario, saben poner condiciones. Y quien sabe establecer ese nexo con un animal que es al menos 50 por ciento aún salvaje, merece mi admiración total. Eso es lo primero que veo al entrar en la casa de Fernando “Patato” Long (a quien en el poco tiempo que compartimos vi carpintero, músico, distribuidor de alfajores y coleccionista de baterías): Un gato que duerme plácidamente sobre un banco de carpintero.

Patato, con todas las virtudes anteriores a flor de piel, nos hace pasar inmediatamente a un amplio y luminoso cuarto de la casa donde guarda sus tesoros: tambores, pedales, sets completitos, soportes, todos dispuestos ordenadamente en estanterías que son las cunas de lo que luego, quien escribe, concluiría pensando que son “las mejores manos posibles”. Nuestros ojos quieren verlo todo y sin dudas tocarlo todo. Traten de imaginarse a un baterista que te convierte hasta un vaso, dos cubiertos y una panera en un instrumento, rodeado de baterías por los cuatro costados y aproximadamente un metro y medio por sobre su cabeza. Patato, parado en medio de la escena, sonriendo, también capta toda nuestra atención por largos ratos. En estas situaciones uno siempre siente pánico al pensar que va a ser uno el primero que haga la pregunta más pelotuda. Pero, como hasta que no se pierde ese pánico no se aprende, lo bombardeamos a preguntas tratando de no quedar como unos desesperados ante semejantes tesoros. Aunque ya era un poco tarde. Y creo que en gran parte su sonrisa se debía a nuestras caras de absoluta sorpresa y euforia. Por desgracia, la primera pregunta con ese calificativo debo atribuirla a mí mismo. Le dije: “Yo tengo una sola batería y no puedo evitar que se cubra de tierra y junte pelusa. Y tus baterías están impecables, ¡y son muchísimas! (NdA: juro, no encontré una sola puta pelusa). ¿Cómo haces?”. A lo que Fernando me responde: “Y… las cuido mucho.

 

Es reconfortante encontrarse con personas que, tras un giro económico en los que salen beneficiados o tras el mero trabajo simplemente, en lugar de seguir un sueño ajeno y fabricado construyen el propio.

 

Por supuesto, Fernando es músico y desde hace un montón. Si están preguntándose si este tipo sabe lo que tiene, sepan que sí. Lo sabe bien. Y aquí llegamos al punto que me lleva a escribir acerca de esta experiencia. En verdad es reconfortante encontrarse con personas que, tras un giro económico en los que salen beneficiados o tras el mero trabajo simplemente, en lugar de seguir un sueño ajeno y fabricado construyen el propio. Si el dinero puede transformarse en amor creo que esta debe ser una de las maneras. Construir tu propio sueño, modelarlo como si fuese arcilla y que sea tu mejor obra. Y lo que más me sorprendió es que el dueño de este sueño, transformado en tesoros materiales, no tiene problema en abrir las puertas de su casa y compartirlo. Tambor que señalábamos, tambor que Patato bajaba del estante para que sea uno quien juegue un rato también. La cereza de semejante postre es que el encuentro fue ameno, sencillo y sin secretos ni misterios, algo no muy común entre los personajes que coleccionan. Por supuesto, para los interesados más en los tesoros que en mi “viajazo histórico-mental” la lista es larga y de las que te hacen agua la boca: Leady, Ludwig, Tama, Rex, Nusifor, Osmar y Omel, Slingerland, Yamaha, Rogers, etcétera y etcétera. 1936, 1920, 1960Y no sólo tambores. También sets completos, con varios que pertenecieron a beatos santificados del instrumento, entre ellos Gustavo Etchenique y Osvaldo Fattoruso. Soportes antiquísimos, platillos de marcas clásicas y no tanto. Pedales a correa de cuero, plástico y tela, cadena y buena voluntad. Marcas y años que siempre escuchamos en anécdotas.

Siempre me gustaron las antiguallas, pero muchas veces esos tesoros son producto de resentimientos y desconfianzas, y pertenecen a personas con corazones que se ponen como los objetos descuidados que yacen en sus estanterías.

 

Por si no se dieron cuenta, esta nota es sobre la persona que atesora todo esto, más que sobre el arsenal que encontramos. La impresión que me llevo de él es la que me dejó en esta hora o media hora apenas, en que lo conocí. De hecho, ahora que lo pienso mejor, de lo que realmente trata el relato de esta experiencia es de la alegría que me produce encontrarme con personas que son los mejores arquitectos de sus sueños. He conocido gente con tesoros coleccionables semejantes y de varios tipos de colecciones. Siempre me gustaron las antiguallas, pero muchas veces esos tesoros son producto de resentimientos y desconfianzas, y pertenecen a personas con corazones que se ponen como los objetos descuidados que yacen en sus estanterías; no sabés si son sus tesoros o sus padecimientos. Algo así como si Jesús coleccionara clavos, cruces y mantos sudados. Mi enorme alegría es que -al fin- en esta ocasión no fue así. Me encontré con un tipo que junta cosas que le alegran la vida y además las comparte, aunque sea por un ratito (tampoco te vas a quedar a tomar la merienda, ¿no? No abusemos).

Al salir de la casa de Fernando, estábamos todos casi sin palabras. Nos despedimos de Uruguay frente a una de sus playas que todavía está sobre el Río de la Plata. Si en algún momento Matías y yo dejamos de interactuar, fue en este instante: frente a la inmensidad del agua, rindiéndole culto a semejante naturaleza. La postal mental que faltaba para terminar el álbum acababa de suceder.

Vivimos en un mundo lleno de sueños que parecen construidos, firmados, garantizados y ratificados por Hollywood. En lo que a mis tesoros conciernen, no suelo tener un peso extra. Recién pude adquirir un platillo que me tiene enamorado. Ni mi batería ni mi moto son exactamente las que quisiera tener. Pero, con toda seguridad, mis tesoros son otros. Se trata de las amistades que se cosechan y las experiencias de vida que son el fruto de las primeras. ¡Y viajes! Sí, por Deus, los viajes.

En esta excursión, mis tesoros fueron haber conocido a Germán Suárez Gutiérrez (un delirium tremens), a su mamá y papá que nos brindaron transporte y desayunos a la hora señalada, a Francisco Collette Dañobeytia y la escuela de música pulmonar que llevan entre los dos, Fernando Long y su amabilidad, y por supuesto mi amigo Matías Macrett que me sacó del frasco y me llevó de las orejas en este maravilloso viaje de 24 horas y kilos de aprendizaje. Algunos kilos vinieron en la panza, eso no lo voy a negar.■

 

Fotos: Matías Macrett

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