El asalto al espacio: los cuerpos que saltan

Sirva esto de introducción a lo que, en definitiva, es el resultado de un trabajo que me gusta llamar ‘’etnográfico’’. Más allá de la rigurosidad de tal o cual método empleado, sino por darle un matiz de cosa antropológica, justificación o pavada intelectual, no sé bien, quizás las dos cosas.
Lo que ya comenzó es un trabajo que implicó muchas horas, días, años. Y sobre todo, poner el cuerpo. Primero en la escena misma que intento describir, y segundo en la escritura que intento imaginar y hacer carne en cada una de las palabras.
Mucho recital, mucho ruido, mucho rock, mucho golpe, mucha amistad y escabio. Todo un menjunje que termina ahora en un cóctel de trago racionado, que con sentimiento, locura y pasión, comparto con ustedes.

Espero sea de su agrado. Acá, la primer entrega.

I

Tenemos las entradas, algo palpita, late: hay esperanza. Sin embargo falta, todavía el tiempo resta, tiene que restar.
La calle, la ruta, el colectivo –esa capsula intemporal-. Hay un trayecto, ciertamente, vemos las señales, el asfalto, todo eso pasa. Vemos las banquinas, el horizonte, hay un trayecto, nos movemos. Pero el tiempo, el tiempo parece no pasar, es siempre el mismo.
La espera, el ansia, deja al mundo caer y ya no importa. Pero algo llevamos encima, dentro o fuera, no lo sé. Algo está latiendo, algo acontece.
Cae el sol y la oscuridad envuelve la ciudad que ahora duerme. Y lo que queda, el resto de esa vida urbana, es reclamado y tomado. Como lobos que pueblan las calles, las veredas, que reclaman las esquinas, entre la bestia y la civilidad, reunidos por la pasión por la carne, por la sangre misma que se derrama al suelo como vino en las baldosas. Esos tipos de negro, por todas partes.
Parecen mediadores, tipos que juegan en el umbral, en la noche, entre lo humano y lo que atenta contra ello. Aquellos tipos que invisten su cuerpo con drogas, alcohol, violencia cuerpo a cuerpo. Esos tipos también ‘’invaden’’ el cuerpo social. Se mueven y se apropian de la ciudad, parece… se hacen carne con la ciudad, devienen ciudad, devienen calle. ‘’Yo ya soy parte de las calles/ entre nubes de alcohol’’ (Muy cansado estoy, V8Un paso más en la batalla, 1985).

Cada reducto es ahora el punto de encuentro, el dónde confluyen todos los caminos, y todos los caminantes. Cada reducto es ahora un lugar, pero efímero, momentáneo, situacional. Cada lugar tiene, parece tener, en cada baldosa destellos de una latente verdad, destinada quizá a desaparecer con la misma violencia con la que emerge.
Es una verdad que no se ve ni se oculta, sino que late profunda y carnal. En la calle acontece, acontece como lugar. Un dónde que es un aquí y ahora, espacio poblado en un tiempo de aguante, un tiempo que solo se hace aguantando verdades. Esos cuerpos soportan lo insoportable, y al mismo tiempo, en su mismo tiempo, se sustraen de lo insoportable…soporte y sustracción, eso es el aguante. No es lo verdadero, es en el fondo su movimiento, el estar latiendo de la verdad.
Cada reducto es el vértice donde el mundo cae y en el que se hace filiación. Primarias y radicales, las hordas, las bandas temporalmente toman las calles. Devenires-lugar, alcanzan filiaciones, pero clandestinas, molestas. Se deviene calle, se deviene esquina, se deviene barrio, pero nunca solo, siempre con los míos.
¡El recital estalló antes de comenzar! Las prácticas ya no se confinan a él. Como práctica política, se sale al espacio público. Se resiste en la calle, con los amigos, en un ahora-lugar virtuoso, espacio de verdad donde borbotea como magma la cólera de la urbe, del cuerpo social y su brazo de cemento.
Estas prácticas de las ‘’bandas de la calle’’ se desprenden del reducto del recital, ese espacio que está dentro de otra cosa, ya cartografiado en los dispositivos de control del Estado. Estas prácticas trascienden aquello que destila lógica institucional y policial, control de los cuerpos. Cuerpos que habitan, que hacen un lugar, que al desplegarse en un otro territorio, en otra extensión, resignifican las figuras de la calle, las veredas, los pasajes, las esquinas, las desembocaduras. Cada lugar es, y es por resistencia. Cónclave de amigos, reunión y aguante. La calle es junto a los amigos, junto a los iguales, se comparte la visibilidad. Se toma vino, se toma la esquina, se toma el espacio por el cuerpo; pero invisible, en la oscuridad, en el sueño de la ciudad.
Territorio tomado, territorialidad marcada por la presencia de cuerpos. Ellos convierten a esa esquina en una situación ritual. La calle es un espacio móvil, de tacto y mirada, ahí se comparte el pico de la botella -esas sustancias de unión-: somos iguales.
¡La calle ante todo como una situación ritual! un momento espacializado, es un momento bisagra, como umbral, como suspensión del tiempo. La ‘’frontera inesperada’’ del dispositivo urbano. Los cuerpos reunidos en la herida, en el límite, en la frontera interna de la ciudad. La calle es el límite, los cuerpos ahí se fugan, el límite entre la ciudad y la no-ciudad. Es el lugar de la excepción.
Un momento umbral, bisagra, es también una peligrosa libertad. La calle es un instantáneo aquí entre la polis y la apolis. Momento medio, es el ‘entre’, la escisión. Momento de libertad absoluta, de libertad soberana. Espacio de supervivientes, un ‘’entre’’ de amistad, reunión y resistencia.

 

(Continuará…)

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Jeremías Castro

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Jeremías Castro es licenciado y profesor en filosofía. Como investigador, se aboca al estudio de las expresiones populares urbanas. Es amante de la música y sus diversas publicaciones llevan adelante una nueva perspectiva para el estudio sobre el rock.