El Asalto Al Espacio: Los Cuerpos Que Saltan. Tercera Parte

III

Hay un elemento disruptivo. El espacio de recital instaura un nuevo lugar, donde la conjunción público-banda modula prácticas como prácticas rituales, modificando, transformando e instaurando un nuevo tiempo, una nueva situación. El recital no representa nada ni nadie (artista o banda). Reproduce entre la banda y el público. No hay disciplina ni pasividad; es el pathos lo que vale, es el valor del sentido de la práctica. Un pathos compartido, de la nivelación entre banda y público. Un sentido compartido y común, como sentido creado y creído. Las prácticas desplegadas por ese pathos compartido detonan el reducto del recital. Abandonamos la pura espacialidad, todo muta, se transforma en un momento-espacioso. Desde este momento, la duración del recital sitúa su ahora como un aquí y ahora. Es un momento mítico y de práctica, de ejercicio ritual: el pogo, el baile frenético y entusiasta del cuerpo poseído por la pura encarnación de las fuerzas vitales, las fuerzas de vida sin freno.

Como despliegue pasional en un tiempo donde todo está permitido, destruye lo formal de un espacio dispuesto para la contención, la regularización y la normalización de los cuerpos. Hay exceso porque el lugar está cargado de sentido, el entusiasmo libera el orden de lo real violento. El recital es ahora, no solo un puro espacio, sino una “duración espaciosa”, un tiempo en ebullición espacial compartida por el amasijo de carnes que hacen un cuerpo común; destruye la espacialidad normativa, que en su extensión contiene y limita, y pasa a ser un momento factible de ser situación ritual.

-¡Dionisos, perro caníbal!-

El pogo, una de esas prácticas desplegadas. Figura por excelencia de esta situación ritual. Extraña magia por fuera estando dentro del Estado y la civilidad, se impone, se despliega y  trasciende. Sale la bestia, o vamos hacia o… con ella. Exteriorización de la parte ‘contenida’, y  ruptura del dispositivo. Es fuerza que resiste, no es fuerzas reactiva -eso es la contención y represión que restringen la vitalidad-. Al cuerpo lo con-mueve, lo mueve, por el impulso de la posesión y la encarnación de las fuerzas vitales, su práctica deviene en entusiasmo y ya no se puede contener. Y la misma fuerza de la música ya no es solo vista o escuchada, sino que es también sentida y reproducida.

La posesión, la mimesis (bien arcaica), tiene un sentido efervescente en el cuerpo y el espíritu. Apodera y empodera la liberación de las fuerzas más originarias, más animales. Se liberan las pasiones, y como bien sabe Dionisos, se suspende el tiempo, el tiempo del Estado. No hay más tiempo, pero hay tempo, ritmo vital. Bombo, doble bombo, ritmo enfebrecido.

La posesión de los cuerpos es el resultado de la música, del sonido arcaico y destructivo, fuerza que crea emociones violentas y extrañas. Resulta insoportable -eso es claro- por ser irrepresentable a la conciencia, se vuelve…en la superficialidad, horrendo e inquietante. Esas son las experiencias poderosas del rito, expresión musical vital. Dionisos y el canto caníbal. Entusiasmo, baile y grito.[1]

[1] El baile es la expresión más fuerte donde lo “Dionisiaco” posee, encarna el cuerpo. Danza de júbilo sagrado (ditirambo), es momento de ‘’verdad’’. La manifestación de la pura fuerza vital es la carrera por el cabrito. Allí donde lo “Dionisiaco” toma la vida cruda, no el cuerpo, sino la carne, su latir. Donde se corre al cabrito para descuartizarlo (sparagmós) y devorarlo (omophagia), para alimentarse de su carne viva, se incorpora y se conoce, se apropia el cuerpo en el límite de la vida y la muerte. La verdad es la verdadera devoración.

El trasfondo es fundamento, lo trágico de la música, pone en juego el elemento originario que emerge, que despierta siempre nuevamente, como en eterno retorno, en un tiempo crítico, de conflicto.

La radical bestialidad de Dionisos se despliega en las prácticas rituales. El momento de su irrupción es también momento de interrupción del tiempo. Suspensión del tiempo por la fuerza de esa violencia originaria.

La música pone al cuerpo en la dimensión trágica de la existencia. Su manifestación es la pura acción, la pura vitalidad de los cuerpos en común, entregados y en posesión de la naturaleza terrena animal, que corren, que se golpean y gritan en sentimientos desenfrenados.

La fuerza vital, original, está en esa pasión, en esa euforia…

Dejá un comentario

Jeremías Castro

ver todos los posts

Jeremías Castro es licenciado y profesor en filosofía. Como investigador, se aboca al estudio de las expresiones populares urbanas. Es amante de la música y sus diversas publicaciones llevan adelante una nueva perspectiva para el estudio sobre el rock.